En la era de lo aesthetic, las plantas no han quedado al margen. No nos resulta extraña la imagen de un salón decorado con la planta de moda, un ficus, una calathea, un potus, dispuestas con el mismo criterio con el que se elige una lámpara o un cojín. Subes una foto a Instagram con tu terraza verde de fondo y el algoritmo te devuelve: persona calmada, espiritual, en paz con el mundo. Las plantas, entretanto, hacen de salvapantallas.
Las hemos convertido en decorado.
En atmósfera. En el fondo desenfocado de nuestra propia película.
Pero ¿y si cuando nos quedamos absortos mirando una camelia, esa pausa involuntaria, casi hipnótica, fuera ella la que nos estuviera mirando a nosotros?






