Título: El aracano y el jilguero- Autor: Ferran Varela
- Editorial: El transbordador
- Número de páginas: 374
- Goodreads ⭐⭐⭐⭐
Mezen el Ariete es un Arcano del Tormento, un demonio inmortal que disfruta desollando a sus víctimas. Su oficio, torturador al servicio del Imperio, lo ha llevado a cometer crímenes aberrantes contra personas indefensas, y la única ayuda con la que cuenta para sobrellevar la culpa es el convencimiento profundo de que lo hace por un bien mayor. Pasa los días viajando de un frente a otro, rindiendo ciudades asediadas y sofocando rebeliones para el Emperador Thien Seedveen, un tirano megalómano del que ha jurado vengarse en cuanto no haya más tierras por conquistar. Sin embargo, el precario equilibrio de la danza que debe bailar para perseguir sus propios fines mientras finge lealtad al Imperio se ve alterado cuando conoce a Nara, una huérfana de guerra que no lo trata como al monstruo que él mismo cree ser.
Dentro de la fantasía grimdark, el nombre de Ferran Varela resuena ya como uno de los grandes referentes nacionales del género, y su novela El arcano y el jilguero es una prueba evidente de su maestría narrativa. Aunque las altísimas expectativas con las que me acerqué al libro podrían haber jugado en su contra, ocurrió justo lo contrario, desde el primer párrafo supe que estaba ante una historia que iba a fascinarme, y así fue hasta la última página.
La novela sigue a Mezen el Ariete, alto cargo del Imperio Leenero y Arcano del Tormento, a lo largo de sus campañas al servicio del Emperador y de la expansión imperial sobre cualquier territorio susceptible de ser conquistado. Uno de los mayores aciertos de la obra es, sin duda, el universo creado por Varela, rico en referencias mitológicas, fábulas y culturas diversas, con territorios cuyas particularidades lingüísticas y físicas aportan una enorme sensación de profundidad. Hann, el escenario de la novela, transmite además la impresión de haber sido concebido hasta el más mínimo detalle. Personalmente, me fascinó el simbolismo de las mariposas de colores, pues me pareció un recurso que dota al mundo de una organicidad y un realismo poco habituales dentro de la fantasía.
Sin embargo, desde las primeras páginas queda claro que Mezen es un protagonista profundamente singular. Posee una visión muy concreta sobre la conquista, la justicia y el castigo, y aunque insiste constantemente en presentarse como un hombre oscuro y cruel, sus propias acciones terminan revelando destellos de humanidad y compasión. Precisamente ahí reside uno de los aspectos más interesantes de la novela: el continuo juego de dualidades entre luz y oscuridad, bondad y violencia, redención y condena. Varela construye un relato donde las respuestas absolutas desaparecen y todo queda atrapado en una compleja red de grises morales.
Pregúntale al Emperador a qué sabe la victoria, y responderá que a oro y poder. Pregúntale al General, y asegurará que a honor y gloria. Pregúntale al soldado, y contestará que a mujeres y vino. Pregúntame a mí, y te diré la verdad. La victoria sabe a sangre y a enfermedad, a hambruna y a fuego. Su aliento arrastra el aroma de la ceniza y la muerte
”Los personajes secundarios refuerzan magistralmente esa idea. Nera no solo supone un punto de inflexión en la vida de Mezen, sino que encarna una esperanza y una inocencia casi excepcionales dentro de un universo tan brutal como el de Hann. Junto a ella destacan también Loira, decidida, inteligente y extraordinariamente hábil en su vínculo con los hipogrifos, y Zain, la Cadena, otro de los Altos Cargos del Imperio Leenero cuya presencia resulta tan interesante como insuficiente, pues me ha dejado con ganas de conocer mucho más acerca de él.
Uno de los elementos más llamativos de la novela es su narración en primera persona. Acostumbrada a leer fantasía narrada desde una tercera persona más amplia y distante, esta perspectiva me resultó extraña al principio. El hecho de conocer el mundo únicamente a través del prisma de Mezen limita deliberadamente la visión del lector y convierte al protagonista en un narrador del que no siempre podemos fiarnos por completo. Sin embargo, esa misma subjetividad termina siendo uno de los grandes aciertos de la obra, porque intensifica el conflicto interno del personaje y permite que la prosa de Varela despliegue toda su fuerza. Incluso en las escenas más crudas y violentas, el autor mantiene un tono casi lírico, profundamente poético, capaz de transmitir con enorme claridad la lucha constante entre la oscuridad interior de Mezen y su deseo, quizá imposible, de preservar cierta esperanza para quienes le rodean.

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