Título: La casa de verano- Autor: Masashi Matsuie
- Editorial: Libros del asteroide
- Número de páginas: 376
- Goodreads⭐⭐
Toru Sakanishi es un joven arquitecto recién graduado que se acabade incorporar a Murai, un prestigioso y pequeño estudio de arquitectura fundado por Shunsuke Murai, antiguo discípulo de Frank Lloyd Wright. Sakanishi se siente profundamente cautivado por la sensibilidad artística y el cuidado que el estudio Murai demuestra en cada uno de sus diseños. Cuando llega el caluroso verano, el estudio se traslada de Tokio a la casa de verano de Shunsuke Murai situada en un pueblo de montaña en las faldas del monte Asama. Allí, este pequeño equipo de arquitectos, incluidas las dos mujeres por las que Sakanishi se siente torpemente atraído, se propondrá diseñar la nueva Biblioteca Nacional de Tokio y competir con la famosa firma rival que habitualmente gana todos los concursos públicos.
La literatura japonesa me suele gustar bastante; por eso mismo, cuando vi esta novela de Masashi Matsuie me pareció una elección idónea. Especialmente porque parecía abordar temas muy interesantes relacionados con la arquitectura: la tradición, el habitar un espacio y la elección de los materiales adecuados para cada construcción. En su momento estuve muy interesada en el concepto de habitar y creí que en esta novela podríamos explorar estas cuestiones desde una perspectiva distinta, la japonesa, con todo lo que ello implica a nivel cultural, simbólico y estético.
No obstante, lo que me encontré en La casa de verano es una novela sin demasiado pulso narrativo, acción o desarrollo argumental. Es cierto que debemos acercarnos a ella siendo conscientes de que la literatura japonesa suele manejar otros ritmos: más pausados, más contemplativos, más centrados en la atmósfera que en el acontecimiento. Sin embargo, en esta ocasión me ha parecido que esa calma no está al servicio de nada, sino que deriva en una cierta falta de propósito. No solo no aborda con la frecuencia o la profundidad que cabría esperar los temas que promete, sino que tampoco construye unos personajes especialmente memorables o cercanos que inviten al lector a permanecer a su lado.
Lo cierto es que terminé este libro casi por inercia, sostenida en gran parte por la belleza de los espacios descritos. Hay algo indudablemente logrado en la manera en la que la novela transmite la sensación de hogar: la casa de verano donde trabaja el equipo se percibe como un lugar acogedor, casi suspendido en el tiempo, y lo mismo ocurre con el resto de estancias y paisajes. En ese sentido, la novela sí consigue que el lector habite esos espacios, que los recorra con calma, que se detenga en los detalles. El problema es que esa experiencia sensorial no termina de estar acompañada por un desarrollo narrativo equivalente. Más allá de las dinámicas internas del estudio y de cómo se articulan las relaciones humanas dentro de jerarquías rígidas y herméticas, la historia apenas avanza ni se expande hacia conflictos o reflexiones más complejas.
Lo que más me ha interesado es el recorrido del aprendiz y su progresiva integración en un estudio de arquitectura tan exigente. Resulta sugerente observar cómo va encontrando su lugar, cómo aprende a expresar sus ideas dentro de los límites de lo “corporativamente adecuado” y, al mismo tiempo, cómo empieza a construir su propio criterio sobre qué es la arquitectura y cómo debe abordarse un proyecto. En esos momentos, la novela deja entrever lo que podría haber sido: un diálogo más profundo entre distintas concepciones culturales de la arquitectura, especialmente cuando se contraponen, aunque sea de forma puntual, las miradas japonesa, norteamericana o noruega. Precisamente por eso, resulta frustrante que estas reflexiones aparezcan de manera tan esporádica frente a la reiteración de rutinas cotidianas que apenas aportan variación o significado nuevo.
Todo ello desemboca en una relación amorosa que se siente especialmente forzada. Durante la lectura me ha recordado en cierto modo a las dinámicas presentes en Tokio Blues de Haruki Murakami, en el sentido de que las relaciones afectivas pueden resultar extrañas o distantes desde una perspectiva occidental. Sin embargo, en este caso no he percibido tanto una diferencia cultural como una falta de autenticidad: los vínculos parecen más construidos que vividos, más diseñados que sentidos, lo que dificulta implicarse emocionalmente en ellos.
El final, por su parte, no resulta del todo predecible, pero sí algo descompensado. Hacia la segunda mitad de la novela se intuye el giro que va a producirse, el autor tampoco es especialmente sutil al sugerirlo, pero su ejecución se siente precipitada en comparación con la extrema lentitud del resto de la novela. El nivel de dramatismo que introduce no termina de encajar con el tono general, y da la sensación de que se busca un impacto que la propia novela no ha construido previamente. De hecho, las últimas treinta páginas resultan, en gran medida, prescindibles, y la historia podría haber concluido antes de una forma mucho más coherente y elegante de acuerdo a su propia naturaleza.
En definitiva, La casa de verano es una novela que destaca por la belleza de sus escenarios y por su capacidad para evocar espacios habitables y sensoriales, pero que se resiente de una falta de dirección clara y de profundidad en los temas que sugiere. Una historia agradable en lo estético, pero demasiado dilatada y con pocos elementos que compensen el tedio que puede generar en determinados momentos.

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