13/5/26

Reseña de Han cantado bingo: el secreto de dos hermanas y un volcán


  • Título:
     Han cantado bingo
  • Autor: Lana Corujo
  • Editorial: Reservoir Books
  • Número de páginas: 184
Goodreads 

Todo empieza con un algunas noches, en los diez minutos suspendidos antes de que Abuela regrese del bingo, dos hermanas salen a escondidas por la puerta de atrás hasta El Ahorcado —un volcán redondo como una panza bocarriba—, cuentan hasta tres y corren de vuelta sin mirar atrás. Sin embargo, una noche algo cambia… porque una vez traspasado el terreno de una infancia violenta, ¿cómo se mira el mundo? En un cartón de bingo aparecen quince números —los mismos que las edades de la protagonista a lo largo de la novela, presentes como una mosca o una mariposa revoloteando sobre el título de cada capítulo—, y en esos diez minutos suspendidos que dura una partida, todo es posible. Han cantado bingo presenta una familia con un don que se hereda y se sufre, y una historia agreste como el rofe grueso de Lanzarote. Con un lenguaje juguetón y cautivador, cruel y bellísimo, Lana Corujo nos acerca a los silencios y la culpa, las verbenas, las heridas y la magia oscura que solo se teje entre dos hermanas que comparten un secreto.

No son pocas las personas que me han recomendado encarecidamente que leyese esta novela, no solo por la fama que está adquiriendo en Internet, sino porque prometía ser una historia diferente, única y realmente emocionante. Sin embargo, lo que me he encontrado es una narración dura y muy especial, enmarcada en una propuesta formal peculiar que, a mi parecer, no termina de dejar florecer todo lo que las protagonistas tienen para ofrecernos.

La primera impresión ya resulta llamativa: la obra se estructura en una serie de capítulos numerados que corresponden a las edades de la protagonista, quince momentos vitales a través de los cuales conocemos su historia. Estos fragmentos no siguen un orden lineal, sino que pueden leerse casi de forma independiente, en un juego que recuerda inevitablemente a Rayuela de Cortázar. Algunas críticas apuntan a que este sistema puede resultar incómodo y sacar al lector de la historia; en mi caso, no fue así en absoluto. Más bien al contrario porque me permitió establecer conexiones entre pensamientos, vivencias y emociones en distintas etapas, construyendo poco a poco una imagen más compleja y fragmentada, pero también más honesta, de quiénes son y han sido Candela y Alejandra.

Estoy sola en este mundo y esto es lo que me queda. Poner un pie delante del otro. Un pie delante del otro. Cada día. Caminar hacia mi hermana. Aprender a decirle te quiero, lo siento, te echo de menos, no te vayas también de mí. Aprender a conversar con ella cuando nadie nos ve. Vivirla en silencio.

En el plano formal, la narración insiste en esa voluntad de originalidad mediante recursos visuales muy marcados: la cursiva en los diálogos de la protagonista, que parece subrayar su constante inseguridad o duda; los subrayados, que otorgan peso e intensidad a las palabras de la hermana; o los corchetes, que evidencian la dificultad de Candela para acceder plenamente a lo que los demás le dicen. Es cierto que, en un primer momento, esta forma de presentar pensamientos y diálogos puede descolocar, pero el lector tarda poco en adaptarse. Aun así, tengo la sensación de que estos recursos, aunque interesantes y coherentes con la psicología del personaje, a veces se imponen sobre la propia historia en lugar de acompañarla.

En cuanto a la temática, la novela aborda cuestiones muy potentes, aunque me queda la impresión de que lo hace con cierta brevedad y ambigüedad. Todo queda lo suficientemente claro como para entender el trasfondo, pero quizá habría agradecido una mayor profundidad o un desarrollo más pausado. Sin entrar en detalles, gran parte de la fuerza de la obra reside en cómo retrata la dificultad de crecer en una familia que no está preparada para serlo: unos padres inmaduros, más volcados en su vida social y en el bar, ese espacio casi omnipresente, que en la crianza de sus hijas.

He pensado muchas veces en la capacidad que tiene mi madre de mostrar una cara más amable, divertida, más espontánea y feliz fuera de la familia. Pero caigo en que yo he acabado haciendo lo mismo. Fuera y dentro de la isla no soy la misma persona. Clara solo ha conocido a una de ellas, pero aquí soy igual que cuando mamá vuelve a casa y la sonrisa se le borra al traspasar la puerta.

Al mismo tiempo, Lana Corujo consigue capturar de forma especialmente dolorosa la complejidad del vínculo entre hermanas. Ese equilibrio tan frágil entre el amor profundo y los pensamientos más oscuros: el deseo de haber sido hija única, la carga de ser la hermana mayor, la sensación de vivir acompañada por una sombra constante… y, a la vez, la belleza de compartir la vida con alguien que te conoce casi por completo, que crece contigo y que forma parte de todas tus etapas. Esa dualidad, tan incómoda como real, es, para mí, uno de los mayores aciertos de la novela.

No puedo decir que la historia no haya tocado puntos sensibles en mí como lectora. Llevo siendo hermana mayor 22 de los 28 años que tengo, y me resulta imposible no pensar en todo lo que implicaría una vida sin ella: sin verla crecer, sin compartir recuerdos, sin esa certeza de compañía. No imagino cómo sería llevar la culpa y el dolor de haber perdido a la persona que es la mitad de ti misma y tener que comprender el mundo nuevamente desde tu soledad. 

He disfrutado mucho de la novela y también la he llorado, a pesar de que sus decisiones formales no sean especialmente afines a mis gustos. Con todo, Han cantado bingo es una obra que, incluso con sus aristas, aborda la familia, la identidad y la culpa de una forma profundamente emotiva. Una novela que incomoda, que duele y que, precisamente por eso, resulta difícil de olvidar.

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