1/7/26

La liebre y yo, de Chloe Dalton: cuidar sin domesticar


  • Título:
     La liebre y yo
  • Autor: Chloe Dalton
  • Editorial: Libros del asteroide
  • Número de páginas: 256
  • Goodreads 
Sinopsis:

En febrero de 2021, Chloe Dalton pasaba el confinamiento en la campiña inglesa cuando se encontró por casualidad una liebre recién nacida –un lebrato– en medio de un camino. Temiendo que no sobreviviera, decidió llevársela a casa con la intención de liberarla en cuanto hubiera crecido. Lo que no imaginaba era lo difícil que resulta criar una liebre salvaje, ya que muchas mueren en cautividad por estrés o inanición; sin embargo, tras varios tanteos y tropiezos, logró sacarla adelante.

En este libro, Dalton nos cuenta la asombrosa relación que entabla con el animal a lo largo de varios años y cómo esa experiencia transforma profundamente su mirada del mundo que la rodea. Al mismo tiempo, invita a descubrir los hábitos de las liebres y la manera en que han sido vistas a lo largo del tiempo en el arte, la literatura y la historia natural.

Desde que vi este libro en la librería supe que terminaría llevándomelo a casa. No solo porque hace poco que cuido de un conejito, sino porque últimamente me interesa mucho leer sobre nuestro vínculo con los animales y con la naturaleza en general. Habiéndolo terminado ya hace una semana, he de decir que ha sido una de mis mejores lecturas del año y que es justo el tipo de libro que necesitaba en estos momentos.

Se trata de una historia de no ficción en la que la propia autora, Chloe Dalton, nos relata su experiencia criando a un pequeño lebrato. Este punto de partida ya nos plantea muchos interrogantes en clave filosófica, pues, para quienes lo desconozcan, las liebres esconden a sus crías entre la hierba, no en madrigueras como los conejos. Por ello, si nos encontramos alguna en los caminos (las diferenciaremos porque los lebratos nacen con pelo y los ojos abiertos, a diferencia de los gazapos) es probable que su madre ande cerca o regrese a por ella. Si nos acercamos y la tocamos, aunque la cría no huya de nosotros, podemos alterar su relación con el entorno y comprometer sus posibilidades de supervivencia. En el caso que relata Dalton, todo apuntaba a que el pequeño lebrato había sido desplazado de su ubicación o que su madre no había tenido la suerte de seguir con vida, y por ello decidió llevárselo a casa. Sin embargo, nunca sabremos si después de aquello la liebre estuvo buscando a su cría por todas partes. Debemos ser conscientes de que toda intervención en la naturaleza cambia su curso, para bien o para mal, y es nuestra obligación reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos más allá de nuestra visión humana.

No obstante, Dalton lleva a cabo el cuidado del lebrato con muchísimo cuidado y atención. Desde el inicio es consciente de que no se trata de un animal doméstico y no quiere privarle de su libertad, sino simplemente mantenerlo con vida hasta que sea autosuficiente. En su investigación para averiguar cómo cuidar de una cría tan pequeña se da de bruces con una realidad reveladora: existe abundante información sobre la cría de conejos, pero sobre las liebres gran parte de lo que encontramos gira en torno a cómo cazarlas o consumirlas. Existe una paradoja histórica entre ambos lagomorfos: mientras que los conejos siempre se han asociado con lo adorable y lo entrañable, las liebres han sido consideradas símbolo de mala suerte o relacionadas con la brujería. De hecho, como bien señala Dalton en su historia, muchos países no cuentan con regulaciones cinegéticas tan estrictas para las liebres como las que existen para los conejos. Esto significa que pueden cazarse incluso durante la época de cría, provocando la muerte de muchísimos lebratos por la ausencia de sus madres.

Cuando encontré a la madre, muy pequeñita, la vi como una criatura que dependía de mí, y tal vez fue así en sus primeras semanas de vida. Sin embargo, más adelante comprobé que sabía cómo cuidarse sola, sobrevivir e incluso reproducirse. Lo único que necesitaba de mí era que no la lastimara, una idea que podría servir de máxima para todos los animales silvestres. Necesitaba un poco de espacio, un lugar al sol donde acostarse y paz. Darme cuenta de eso hizo que su presencia en el jardín y en la casa fuera aún más valiosa, porque estaba allí por decisión propia.


A lo largo del libro acompañaremos a la autora en un proceso de aprendizaje sobre el cuidado de animales de presa, pues quien haya tenido la suerte de convivir con alguno sabrá que de ellos no debemos esperar el mismo comportamiento que de un perro o un gato. Ocupan uno de los últimos escalones de la cadena trófica y eso implica que el mundo entero puede percibirse como una amenaza potencial. No siempre se dejan coger, acariciar o buscan el contacto humano, lo cual no significa que nos aprecien menos. La liebre de Dalton, que carece de nombre precisamente para remarcar que bajo ningún concepto es una mascota, sino un ser vivo que convive con ella bajo sus propios ritmos y normas, considera la casa humana un lugar seguro y comparte espacios con su cuidadora, pero no pedirá cariño del mismo modo en que lo entendemos los humanos. Este aprendizaje me parece clave porque muchas veces nos acercamos a otros seres vivos únicamente desde una mirada antropomórfica y, en realidad, debemos ser conscientes de que eso no es justo para ellos. Nuestro papel debería consistir en respetar otras formas de vida, no en imponerles la nuestra.

Lo cierto es que la historia que nos relata Chloe Dalton en La liebre y yo es un alegato a la interacción consciente con otros seres vivos, a la presencia real, a la atención hacia el mundo que nos rodea y a la reflexión sobre cómo nuestras acciones afectan a otros individuos. En el fondo, uno de los grandes aprendizajes del libro es precisamente la diferencia entre convivir con un animal y apropiarse de él como si fuera una mascota: la frontera entre acompañar un ser vivo en su existencia y convertirlo en un objeto moldeado a nuestra comodidad. Un libro que invita a pensar en cómo el mundo no nos debe nada y en cómo el ser humano lleva décadas ignorando otras formas de vida, adaptándolas a sus propios baremos e ignorando por completo sus necesidades y bienestar por puro egoísmo y egocentrismo. No creo que exista lector capaz de adentrarse en esta historia y salir de ella sin replantearse seriamente su comportamiento y su relación con la naturaleza.

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