Título: Un trazo de oscuridad- Autor: Ana Segarra
- Editorial: Puck
- Número de páginas: 448
- Goodreads ⭐⭐
Florencia, 1492. Tras la Guerra de los infiernos y la expulsión de los demonios, el Consejo Púrpura trata de mantener la paz en la ciudad entre secretos, cúpulas doradas y lienzos ocultos del pasado. Arianna Salviani, hija del líder de este consejo, es el único ángel al que le arrancaron las alas al nacer, motivo de burla y desprecio del resto de ciudadanos. Sin embargo, su mayor deseo es pintar, una ambición negada a las mujeres contra la que su padre logra luchar, consiguiéndole una plaza en la prestigiosa Academia Magliato. Allí conocerá a su mejor amigo, Taddeo, hijo de una de sus familias rivales, que compartirá con ella uno de los mayores secretos de la guerra: existen ángeles capaces de atrapar demonios en pinturas. A pesar de todo, Arianna no teme a los demonios, sino que siente una fascinación por ellos, especialmente por uno de los retratados en estos cuadros ocultos. Mientras Taddeo trata de conquistarla, Arianna solo puede pensar en este demonio que, quizás, solo esté esperando a que alguien le despierte.
La historia se sitúa en la Florencia del Quattrocento, una ambientación que, para mí, ya era un punto a favor desde el principio. Nos encontramos con una ciudad llena de simbolismos, monumentos, estatuas y arte, muchísimo arte, que además no está ahí solo para decorar, sino que forma parte esencial de la propia historia. Junto con la ambientación, otro de los aspectos que más me llamaron la atención fue el tipo de fantasía que plantea la novela. Hacía muchísimo tiempo que no leía una historia de ángeles y demonios. Desde que pasó el boom de los ángeles caídos que nos dejó novelas como Fallen, Hush Hush y tantas otras, esta temática pareció desaparecer casi por completo. De hecho, durante la lectura no pude evitar acordarme en algunos momentos de Dos velas para el diablo de Laura Gallego, tanto por la ambientación como por esa idea de fondo de que quizá, y solo quizá, los demonios no tienen por qué ser siempre los villanos de la historia.
Como decía, nos encontramos en una sociedad donde ángeles y demonios conviven, aunque manteniendo las distancias. La protagonista es Ariadna, un ángel sin alas que pertenece a una de las familias más influyentes de Florencia. Los ángeles son la especie dominante dentro de esta sociedad y los humanos apenas tienen relevancia dentro de la trama, limitándose a coexistir con ellos. Uno de los aspectos más interesantes del mundo es que los ángeles poseen habilidades vinculadas a distintas disciplinas artísticas, algo que encaja perfectamente con la ambientación renacentista. Sin embargo, también existen aquellos que, pese a carecer de poderes, siguen dedicándose al arte gracias a su talento. Ariadna pertenece precisamente a ese grupo de personas que parecen no encajar del todo en el lugar que les ha tocado ocupar, algo que condicionará gran parte de su historia.
La ambientación me ha gustado especialmente porque desde las primeras páginas me recordó a los Médici y a la Florencia histórica. Más adelante, en la nota de la autora, pude comprobar que no iba desencaminada, ya que Ana Segarra toma inspiración de numerosos personajes reales para construir a los suyos. Evidentemente existen muchas licencias, pero creo que conocer este detalle ayuda a entender mejor cómo está planteada la novela. Florencia no se siente simplemente como un escenario bonito donde transcurre la acción, sino que las dinámicas de poder, la importancia del arte y las relaciones entre las familias influyentes forman parte del propio conflicto.
Nunca he necesitado alas para demostrar de lo que soy capaz. Espero que jamás lo olvides
”Mi principal problema llega con el desenlace. No porque me parezca un mal final, sino porque da la sensación de que todo sucede demasiado rápido. Durante buena parte de la novela se construyen conflictos políticos, familiares y sociales que llevan años gestándose, pero en las últimas cincuenta páginas muchos de ellos se resuelven de forma bastante precipitada. Me quedé con la sensación de que algunas situaciones necesitaban más espacio para desarrollarse y que ciertas decisiones resultaban demasiado ingenuas para problemas que parecían tan enquistados.
En cuanto a los personajes, aunque algunos parten de arquetipos bastante reconocibles, me ha parecido que tienen una voz propia bien definida. Salvo Marcello, que en algunos momentos me ha resultado algo cansino por ciertas expresiones recurrentes que me sacaban de la lectura, el resto me ha gustado bastante. Además, no solo los protagonistas tienen recorrido, sino que también encontramos personajes secundarios con historias propias que aportan mucho al conjunto. De hecho, uno de ellos me ha dejado con bastantes ganas de seguir explorando este mundo y de leer una posible continuación centrada en los ángeles de Roma.
Por último, creo que Ana Segarra aborda temas muy interesantes a lo largo de la novela. La idea del bien y del mal, los prejuicios que construimos sobre quienes nos rodean, el amor, el deseo o el peso de las expectativas familiares están muy presentes durante toda la historia. Me ha parecido especialmente interesante cómo estos últimos temas afectan tanto a Ariadna como a Taddeo. Ambos son personajes marcados por lo que los demás esperan de ellos y por la dificultad de encontrar su propio camino dentro de una sociedad que parece haber decidido de antemano quiénes deben ser. Quizá no todos los aspectos de la novela me hayan convencido por igual, pero sí me ha parecido una historia con ideas interesantes, una ambientación muy cuidada y, por desgracia, un desenlace demasiado apresurado que se carga la buena ejecución de la historia.

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