Título: Castillos de cartón- Autor: Almudena Grandes
- Editorial: Tusquets
- Número de páginas: 187
- Goodreads ⭐⭐⭐
María José Sánchez trabaja de tasadora de arte en una casa madrileña de subastas. Un día recibe la llamada de un antiguo compañero y amante, Jaime González, anunciándole que su común amigo, Marcos Molina Schulz, se ha suicidado. La noticia no sólo devuelve a la narradora a su época de estudiante de Bellas Artes, cuando todavía soñaba con ser pintora, sino que le hace revivir la torrencial historia de amor que vivieron los tres cuando ella apenas tenía veinte años. Con la amarga emoción de lo que se siente irrecuperable, María José reconstruye los detalles de aquella pasión triangular, imposible y excesiva, la alegría desbordante con que exploraron el sexo, la intimidad sin tapujos recién estrenada, la entrega cómplice y excluyente a la pintura. Fueron destellos de una felicidad intensa, verdadera, que sólo acabaron ensombreciendo los celos de los amantes y la injusta negociación con el talento de los tres aprendices de artista.
Almudena Grandes es, para mí, siempre un acierto. Cuando no sé qué libro leer, termino recurriendo a una de sus novelas y, gracias a su pluma tan envolvente y su capacidad para crear personajes entrañables, acabo encontrando una historia que me acompaña durante mucho tiempo. Precisamente por ello, cuando en el club de lectura propusieron leer esta obra, no me lo pensé dos veces. Era una de esas que aún no habían aparecido en mi estantería y, además, sabía que me iba a gustar; pero no fue así. Quiero decir, sí, la novela me ha gustado y la he disfrutado, pero esperaba muchísimo más de ella, y hay aspectos de los personajes que considero especialmente criticables.
Castillos de cartón, como bien adelanta la propia sinopsis, nos relata la historia de María José, José, quien, siendo una habilidosa estudiante del Grado en Bellas Artes, encuentra la felicidad plena en dos amigos, Jaime y Marcos, que no solo marcarán ese periodo tan hermoso de su vida, sino también su forma de ver el mundo y su destino. Desde la perspectiva de una José adulta, con su vida ya construida, regresamos a la época de sus veinte años y revivimos de su mano lo que es estar iniciando la juventud, con toda la vida por delante, cuando el mundo pesaba menos y los días eran mucho más ligeros. Al mismo tiempo, el trío formado por José, Jaime y Marcos nos permite reflexionar sobre qué significa ser un verdadero artista y qué hay que tener para serlo.
Como decía anteriormente, a pesar de que la historia me ha parecido interesante y, como lectora, he llegado a encariñarme con el trío protagonista, creo que hay aspectos que resultan problemáticos al reflexionar sobre ellos. El intento de romper con los estereotipos y la normatividad mediante la exploración de una relación de tres, sus compatibilidades y la forma en que funcionan como unidad, pese a ser percibidos desde fuera como algo peculiar, resulta, en sí mismo, muy interesante. La autora logra plasmar en ellos la ternura de las primeras relaciones, la fina línea entre sexo y amor, y la duda de si realmente se puede amar de la misma manera a dos personas o si es justo siquiera tener que elegir entre ambas cuando se perciben como un todo.
Era demasiado amor. Demasiado grande, demasiado complicado, demasiado confuso, y arriesgado, y fecundo, y doloroso. Tanto como yo podía dar, más del que me convenía. Por eso se rompió. No se agotó, no se acabó, no se murió, sólo se rompió, se vino abajo como una torre demasiado alta, como una apuesta demasiado alta, como una esperanza demasiado alta.
”No obstante, creo que muchas escenas están abordadas desde una mirada que no me ha terminado de convencer. José es, de forma constante, el objeto de deseo y adopta en muchas ocasiones un papel pasivo, mientras que ambos varones compiten, discuten o se posicionan en torno a su amor o a la manera de complacerla. Hay en ello un poso de posesividad que recae, además, sobre la única mujer del triángulo. Creo que habría sido mucho más interesante romper también con ese esquema, alejándose de la idea de la mujer como objeto de deseo o como ente pasivo dentro de la relación. De hecho, este triángulo me ha remitido inevitablemente a muchas narrativas juveniles, Crepúsculo, Memorias de Idhún, y a tantas otras historias donde, pese a la aparente complejidad emocional, se repite un mismo patrón: ella como centro de deseo y elección, atrapada entre el “chico que conviene” y el “chico que atrae”.
No obstante, es cierto que este no es el objetivo principal de la novela, pero considero que este aspecto termina monopolizando gran parte del relato y adquiere un peso excesivamente determinante. Por otro lado, me habría gustado que se desarrollaran con mayor profundidad algunas de las reflexiones que los protagonistas plantean acerca del arte. No solo qué es el arte o por qué desean dedicarse a él, sino también qué significa ser artista y quién puede realmente llegar a serlo. Creo que la novela tenía un potencial enorme para explorar, desde esa mirada veinteañera, el vértigo del futuro y la ambición de llegar a ser alguien relevante cuando todavía todo parece posible.
A modo de colofón final, Castillos de cartón es una novela breve, muy bien narrada, como todo lo que escribe Almudena Grandes, pero a la que, en mi opinión, le falta cierta profundidad. Se centra en exceso en las relaciones entre los protagonistas, lo cual es necesario para comprender sus dinámicas, pero descuida otros ámbitos que habrían enriquecido el desarrollo de los personajes. Aun así, como lectura ligera, sigue siendo una historia bien contada que invita a reflexionar sobre el futuro y sobre cómo nuestros miedos pueden llegar a nublar nuestras decisiones.

¡Hola! No lo he leído, pero me gusta que señales esos fallos en los personajes a pesar de ser una autora tan querida. Me ayuda a decidir si darle una oportunidad o no. ¡Saludos!
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