10/1/26

Reseña | La península de las casas vacías


  • Título:
     La península de las casas vacías
  • Autor: David Uclés
  • Editorial: Siruela
  • Número de páginas: 700
  • Goodreads 
He aquí la historia de la descomposición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías.
La historia de un soldado que se raja la piel para dejar salir la ceniza acumulada, de un poeta que cose la sombra de una niña tras un bombardeo, y de un maestro que enseña a sus alumnos a hacerse los muertos; de un general que duerme junto a la mano cortada de una santa, de un niño ciego que recupera la vista durante un apagón, y de una campesina que pinta de negro todos los árboles de su huerto; de un fotógrafo extranjero que pisa una mina cerca de Brunete y no levanta el pie en cuarenta años, de un gernikarra que conduce hasta el centro de París una camioneta con los restos humeantes de un ataque aéreo, y de un perro herido cuya sangre teñirá la última franja de una bandera abandonada en Badajoz.
 He aquí pues la historia total de la Guerra Civil española y de una Iberia agonizante donde lo fantástico apuntala la crudeza de lo real; donde los anónimos miembros de un extenso clan de olivareros de Jándula cruzan sus destinos con los de Alberti, Lorca y Unamuno; Rodoreda, Zambrano y Kent; Hemingway, Orwell y Bernanos; Picasso y Mallo; Azaña y Foxá; donde lo épico y lo costumbrista se entrelazan para tejer un portentoso tapiz, poético y grotesco, bello y delirante.

Decidí comenzar la lectura La península de las casas vacías porque todo el mundo parecía coincidir en que era una novela potente, bien escrita y con mucho que decir. Y, de hecho, comencé su lectura con una sensación muy clara: estaba en buenas manos. Esto se debe a que desde las primeras páginas se nota que David Uclés escribe muy bien. Su prosa es envolvente, rítmica, con una cadencia que me recordó enseguida a Saramago: frases largas, un narrador que observa desde arriba, cierta ironía contenida, una manera muy consciente de manejar el tiempo y la distancia. Es un estilo que a mí me seduce mucho, así que entré en la novela con gusto, con esa confianza de lectora que piensa: aquí hay alguien que sabe lo que hace.

Durante buena parte de la lectura esa sensación se mantiene. Me gustaba mucho cómo estaba contado, cómo se construía la atmósfera, cómo el lenguaje sostenía incluso los momentos más complejos. El problema vino después, cuando empecé a preguntarme qué me estaba dejando realmente la historia. Ahí fue donde algo empezó a descolocarse. Porque disfrutaba del cómo, pero el qué no terminaba de calar.

Escribir una novela sobre la guerra civil española es enfrentarse a un material muy gastado, muy transitado, y no en el mal sentido, pero precisamente por eso hoy en día no basta con escribir bien o con tener una mirada más o menos sensible. Hace falta aportar algo nuevo, una grieta distinta desde la que mirar el conflicto. Y aquí es donde yo empecé a sentir cierto cansancio. La novela insiste en una idea muy conocida: la guerra como un engranaje que arrastra a personas que no saben muy bien por qué luchan, gente común atrapada en un conflicto que no entiende del todo. Es una visión válida, incluso honesta, pero no especialmente novedosa. He leído esto muchas veces, en muchos registros distintos, y no sentí que aquí se me ofreciera una lectura que me obligara a replantearme nada.

A eso se suma que los personajes, aunque bien construidos a nivel funcional, no terminaron de hacerse entrañables para mí. Los sentí más como vehículos de una idea que como personas con una vida interior compleja. Están ahí para mostrar, para representar, pero no para quedarse contigo. Entiendo la voluntad coral, esa intención de hablar de una familia entera más que de individuos concretos, pero el efecto es que la guerra se observa desde una cierta distancia emocional. Pasa, se describe, se narra con talento, pero no termina de meterse dentro. Y en una historia así, yo necesito que me duela un poco más.

Uno de los aspectos que más me hizo pensar fue la forma en que la novela aborda la cuestión moral. Hay un empeño claro en mostrar que este fue un conflicto en el que nadie se percibía a sí mismo como el villano, que incluso figuras tales como Franco actuaban desde un marco de valores distinto, convencidos de estar haciendo lo correcto. Esto conecta de manera bastante evidente con la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal: el mal no siempre se presenta como algo monstruoso, sino como algo normalizado, integrado en una lógica propia.

La reflexión es interesante, y necesaria hasta cierto punto. Pero como lectora tuve la sensación de que la novela se instala demasiado cómoda en esa comprensión generalizada. Entender no es justificar, pero cuando el relato se esfuerza tanto en explicar, en contextualizar, en suavizar las aristas morales, la tensión se diluye. El conflicto pierde filo. Y una novela sobre la Guerra Civil, para mí, necesita incomodar más, y poner el foco en los puntos clave de la misma. 

Al terminar el libro, mi sensación fue contradictoria. Sigo pensando que me encanta el estilo, la ambición y la seguridad narrativa de Uclés, pero no sentí que la novela me llegase de verdad. No me dejó una herida, ni una pregunta nueva, ni esa incomodidad que sigo buscando cuando leo ficción sobre este periodo. Me quedé con la impresión de haber leído una novela muy bien escrita sobre algo que ya conocía demasiado bien, contada de una forma elegante, pero también previsible.

Quizá por eso, a pesar de que me encanta cómo escribe David Uclés, La península de las casas vacías no terminó de gustarme. Y no porque le falte calidad, sino porque, tratándose de la Guerra Civil española, la calidad formal ya no es suficiente. Necesito que, además de escribir bien, la novela me sacuda. Y aquí, por desgracia, la sacudida no llegó.

1 comentario:

  1. Qué decirte, que es una magnífica reseña, sincera y muy bien explicada. A mi me la han traído los reyes magos, y espero iniciarla pronto, pero me da un no se qué... No me gusta poner las expectativas muy altas para no llevarme decepciones, y he oído tanto de esta novela, que he empezado a idealizarla. Espero que no me decepcione. Besos.

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