5/8/26

Reseña de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes: belleza en medio del dolor


  • Título:
     El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
  • Autor: Tatiana Țîbuleac
  • Editorial: Impedimenta
  • Número de páginas: 256
  • Goodreads 
Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, Aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos.

Este libro ha sido mi primer contacto con esta autora y, aunque ya me habían advertido de la dureza de la historia que narra, no me esperaba, ni por asomo, una novela tan bella abordando una temática tan compleja y delicada.

La novela se presenta como un falso manuscrito escrito por el propio protagonista, Aleksy. Él es un artista de renombre que padece una enfermedad mental y atraviesa un profundo bloqueo creativo. Para intentar salir de él, decide escribir sobre el verano que pasó junto a su madre en un pequeño pueblo del sur de Francia. Hijo de inmigrantes polacos establecidos en Londres, su mundo se había desmoronado tras la muerte de su hermana pequeña. Aunque había planeado pasar aquellas vacaciones en Holanda con su grupo de amigos, termina accediendo a acompañar a su madre.

La relación entre ambos es profundamente conflictiva. Aleksy atraviesa un momento muy complicado de salud mental y carga con una historia familiar marcada por el abandono, el resentimiento y la culpa. Su padre los dejó años atrás, su abuela nunca trató bien a su madre, aunque fue quien ayudó económicamente a sacar adelante a la familia, y Aleksy culpa a ambos progenitores de todo lo que ha sucedido, llegando a repetir en numerosas ocasiones que odia a su madre.

Sin embargo, durante esos meses en aquel pequeño pueblo francés comenzará a descubrir facetas de ella que jamás había querido o sabido ver. Poco a poco deja de contemplarla únicamente como "su madre" para empezar a verla como una persona completa: una mujer con un pasado, con heridas, decisiones y circunstancias que la han convertido en quien es. Paralelamente, Aleksy también inicia un proceso de reconciliación consigo mismo, enfrentándose a la culpa que arrastra desde hace años y al profundo resentimiento que siente hacia una vida que nunca le ha resultado fácil.

Solo piensas en la muerte cuando te mueres, Aleksy, solo cuando te mueres, y eso es una tontería, una inmensa tontería. Porque, en lugar de todos sus sueños, la muerte es lo más probable que va a sucederle a un individuo. De hecho, lo único que le va a suceder con toda certeza. Por eso, Aleksy, no hagas nunca las cosas a lo tonto pensando que tendrás tiempo de enderezarlas, porque no lo tendrás. El tiempo de después lo utilizarás para hacer más tonterías y para morir más deprisa.


A medida que avanza la novela vamos conociendo el pasado de ambos personajes y la autora profundiza en la complejidad de los vínculos maternofiliales. Habla de la ambivalencia del amor, del peso de los silencios y de la dificultad de comprender a nuestros padres cuando dejamos de idealizarlos, o de demonizarlos, para empezar a verlos como seres humanos imperfectos. Es una reflexión muy honesta sobre el momento en que entendemos que nuestros padres también fueron hijos, que también se equivocaron y que, en muchas ocasiones, simplemente hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.

Pero si hay algo que convierte esta novela en una lectura tan especial es, sin duda, la prosa de Tatiana Țîbuleac. Su escritura es áspera, afilada y profundamente poética al mismo tiempo. Hay una crudeza constante que nunca resulta gratuita, sino que sirve para construir una montaña rusa emocional en la que conviven el dolor, la ternura, la rabia y el amor. Es una de esas novelas capaces de encontrar belleza incluso en los lugares más incómodos.

He disfrutado muchísimo tanto de la historia como de la pluma de la autora. Es cierto que uno de los aspectos más debatidos de la novela es el mensaje que parece querer transmitir, pues algunos lectores pueden interpretar que invita a justificar determinadas conductas parentales a partir de sus circunstancias. Personalmente, no creo que esa sea su intención. Más bien me parece una invitación a comprender la enorme complejidad de las relaciones familiares y a aceptar que, con frecuencia, juzgamos a nuestros padres desde una perspectiva incompleta. Comprender no significa justificar, pero sí reconocer que la vida rara vez ofrece respuestas sencillas y que casi todos intentamos salir adelante con las herramientas de las que disponemos, acertando unas veces y equivocándonos muchas otras.

Es una novela dura, profundamente humana y cargada de sensibilidad. Una historia que habla del duelo, de la culpa, del perdón y de la capacidad que tiene el tiempo para transformar nuestra forma de mirar a quienes más queremos.

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