Título: Los niños de humo- Autor: Aitana Castaño
- Editorial: Pez de plata
- Número de páginas: 120
- Goodreads ⭐⭐⭐⭐
Cuando me recomendaron leer Los niños de humo de Aitana Castaño no las tenía todas conmigo, principalmente porque los compendios de relatos no terminan de gustarme del todo. Siempre me dejan la sensación de quedarme a medias, como si no diera tiempo a implicarse de verdad en las historias. No obstante, este libro me dejó claro desde las primeras páginas que no era un libro al uso y que me emocionaría con cada uno de ellos, precisamente porque, aunque sean relatos breves, todos forman parte de algo mucho más grande.
Supongo que no puedes ser asturiano sin sentirlo cerca, bien sea por familia de la cuenca o amigos que provienen de allí y cuyo pasado también está teñido de hollín. Hay algo en estas historias que se reconoce casi sin querer, como si formasen parte de una memoria colectiva que, de algún modo, todos hemos heredado.
A lo largo de estos relatos, Aitana Castaño, junto con las bellísimas ilustraciones de Alfonso Zapico, nos relatan breves momentos que caracterizan e involucran a aquellos que vivieron en la cuenca minera. Los avisos de la mina, las pérdidas, los fusilamientos y los levantamientos. Todo ello desde la perspectiva de las familias: mujeres, hijos, hermanos… que, poco a poco, nos dan una fotografía triste y preciosa al mismo tiempo de lo que significa ser de la cuenca minera. No se trata solo de lo que ocurre dentro de la mina, sino de todo lo que sucede fuera de ella, en las casas, en la espera, en ese miedo constante que acaba formando parte de la vida cotidiana.
La pluma de la autora va directa al corazón, porque todos los asturianos conocemos a alguien que dejó en la mina a un abuelo, tío, hermano o hijo. Pero más allá de eso, lo que consigue es algo más complejo: dar voz a una realidad que muchas veces se ha contado desde fuera o desde los grandes acontecimientos, y traerla aquí a lo íntimo, a lo cotidiano. Muchos de los relatos se entretejen entre ellos; veremos apellidos y nombres conocidos de historias previas, logrando así una especie de mapa emocional y social de la época, casi como si todas las historias formaran parte de una misma familia ampliada.
Hay imágenes que se quedan especialmente grabadas, como la de aquellos niños de las cuencas que podían estudiar en Oviedo. No se les identificaba como ahora “por el acento”, algo muy nuestro y que preguntamos sin pensar a todo compañero que en la universidad o en el trabajo hace gala de ese acento cerrado, sino por el olor a humo de la locomotora que les acercaba a la capital. Es un detalle pequeño, pero muy significativo, porque habla de identidad, de origen y también de una cierta distancia social que no hacía falta nombrar.
Bien es cierto que, en lo personal, no provengo de la cuenca, no tengo familia minera, pero como bien dice la autora al inicio, hijos de mineros y marineros tenemos un dolor compartido: el temor de saber que quizá no volvamos a ver a alguien, porque se lo haya tragado la mina o la mar. Y creo que ahí está una de las claves de estos relatos, en cómo consiguen que algo que podría parecer muy concreto se vuelva universal.
No hace falta venir del humo para que estos relatos duelan del mismo modo. Porque, al final, más allá del contexto, lo que queda es esa sensación de pérdida, de espera y de amor atravesado por el miedo, que cualquiera puede reconocer.
Otras reseñas de la autora:
✷ Las mujeres que sostuvieron la mina: reseña de Carboneras (18/03/2026)


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