En la era de lo aesthetic, las plantas no han quedado al margen. No nos resulta extraña la imagen de un salón decorado con la planta de moda, un ficus, una calathea, un potus, dispuestas con el mismo criterio con el que se elige una lámpara o un cojín. Subes una foto a Instagram con tu terraza verde de fondo y el algoritmo te devuelve: persona calmada, espiritual, en paz con el mundo. Las plantas, entretanto, hacen de salvapantallas.
Las hemos convertido en decorado.
En atmósfera. En el fondo desenfocado de nuestra propia película.
Pero ¿y si cuando nos quedamos absortos mirando una camelia, esa pausa involuntaria, casi hipnótica, fuera ella la que nos estuviera mirando a nosotros?
Hasta que no leí a Paco Calvo
nunca me había parado a repensar el mundo vegetal. Desde pequeña lo había
asumido como parte del paisaje: ese elemento que hace bonito el entorno, que da
sombra, que huele bien en primavera. Un decorado con clorofila. No se me había
ocurrido, ni una sola vez, que ellas, como nosotros, pudieran ser seres vivos
sintientes. Pisaba margaritas, tréboles, lo que se pusiera por delante, sin
dedicarles un segundo de culpa ni de curiosidad.
Y eso que siempre me he tenido
por persona crítica, de mente abierta, de las que buscan enfoques nuevos y
desconfían de lo obvio. Tardé años en darme cuenta de que todo ese escepticismo
tenía un punto ciego enorme: el mundo vegetal. Lo había heredado, simplemente.
Como se hereda una vajilla o un prejuicio.
Porque hay una idea que nos enseñan tan pronto y con tanta naturalidad que deja de parecer una idea y empieza a parecer un hecho: que el ser humano es el culmen de la evolución, el más inteligente y complejo. El que manda. Se aprende en el colegio, se refuerza en cada conversación, se da por zanjado antes de que a nadie se le ocurra preguntar nada. Aunque lo cierto es que, durante mucho tiempo, yo tampoco pregunté.
Hasta que alguien, Calvo, en este
caso, tuvo la desfachatez de señalar que quizás el problema no son las plantas,
sino la definición que usamos para medirlas. La inteligencia, tal como la
entendemos, está diseñada a nuestra medida: centralizada, veloz, neuronal. Un
traje hecho para nosotros al que luego intentamos que se ajusten el resto de
especies. No entender una lengua no significa que quien la habla no piense.
Significa, simplemente, que aún no sabemos escuchar.
En Sensibilidad e inteligencia
en el mundo vegetal Mancuso y Viola abren su libro con una provocación
sencilla y devastadora: las plantas representan más del ochenta por ciento de
la biomasa viva del planeta. El resto, animales, hongos, bacterias y nosotros
mismos, somos el margen. La nota a pie
de página. Y, sin embargo, son ellas las que llevan el cartel de: forma de
vida inferior.
Quizás porque no se mueven. O, al
menos, no se mueven a una velocidad que seamos capaces de registrar sin
acelerar el vídeo. Hay algo profundamente humano en confundir la quietud con la
ausencia. Vemos una encina inmóvil y asumimos que en ella no pasa nada. Pero lo
que no vemos es que sus raíces están resolviendo un laberinto, sorteando
piedras, buscando agua, comunicándose con los hongos del suelo en un
intercambio que lleva millones de años perfeccionándose. No es inactividad, es
otro ritmo.
Las plantas perciben. Eso, a
estas alturas, ni es metáfora ni animismo new age: es biología. Detectan
la luz y su dirección, la gravedad, el tacto, los campos electromagnéticos, las
vibraciones del suelo. Reconocen los compuestos químicos que liberan sus
vecinos cuando un herbívoro las ataca y modifican su propia química en respuesta,
antes de que el agresor llegue a ellas y se anticipan avisando a las de al
lado. Hay quien llamaría a eso comunicación. Hay quien llamaría a eso, incluso,
solidaridad.
Hay algo más que descoloca
especialmente: reconocen a sus parientes. Experimentos con Arabidopsis
thaliana, una planta tan discreta que parece elegida para pasar
desapercibida, demostraron que cuando comparte sustrato con plantas de su misma
especie, modera el crecimiento de sus raíces para no competir con ellas. Cuando
la vecina es una extraña, las extiende sin contemplaciones. No tiene ojos, no tiene
cerebro y, sin embargo, distingue entre el familiar y el desconocido, y actúa
en consecuencia.
En su obra Paco Calvo va un paso
más allá, y es donde el suelo empieza a moverse bajo nuestros pies. Lo que
documenta en Planta Sapiens no es solo que las plantas respondan al
entorno, sino que lo hacen mediante señales eléctricas que recorren sus tejidos
de forma sorprendentemente similar a como los impulsos nerviosos recorren los
nuestros. Cuando una planta sufre daño físico, un corte, una mordida, una
presión sostenida, genera potenciales de acción que se propagan por toda su
estructura. No en un punto, sino el conjunto. Como si el cuerpo entero se
enterase de lo que le está pasando a una de sus partes.
No tiene sistema nervioso central
y, por supuesto, no tiene cerebro. Pero tiene algo que cumple una función
análoga: una red distribuida, descentralizada, que procesa, integra y responde.
Calvo sugiere que quizás el error no es que las plantas carezcan de
inteligencia, sino que nosotros llevamos siglos buscándola en el lugar
equivocado: en un órgano, en una estructura concreta, en algo que podamos
señalar con el dedo. Las plantas la tienen repartida por todas partes. Son
inteligencia sin sede. Y eso, para una especie que lleva milenios convencida de
que pensar requiere cabeza, cerebro y neuronas, resulta difícil de asumir.
La quietud de las plantas,
entonces, es una ilusión. Lo que a nuestros ojos parece silencio es
conversación y lo que parece pasividad es decisión, solo que ocurre en un
idioma que aún no sabemos leer del todo y, el ser humano, en su egocentrismo tiende
a llamar inexistente a todo aquello que no entendemos.
Hay una coartada moral que se ha
vuelto muy popular y que conviene examinar con cuidado. Dice así: comer
plantas no hace daño. Los animales sienten, sufren, tienen sistema
nervioso, merecen consideración ética. Las plantas, no. Ergo, el plato de
verduras es inocente.
Es un argumento cómodo, tranquilizador.
Y, a la luz de todo lo anterior, bastante frágil.
No digo esto para atacar al
veganismo como posición ética, tiene argumentos serios que merecen respeto, sino
para señalar que uno de sus pilares más utilizados descansa sobre una certeza
que no es tal. La idea de que las plantas no sienten se sostiene,
fundamentalmente, en que no gritan, no sangran y no nos miran con ojos que
reconozcamos. Porque resulta que eso es exactamente lo que necesitamos para
activar nuestra empatía: una cara, un gesto, algo que se parezca a nosotros
sufriendo.
Pero la biología no negocia con nuestra comodidad. Como decíamos antes, cuando una planta es dañada, libera señales de estrés químico que se extienden por sus tejidos. Activa mecanismos de defensa, altera su metabolismo, y produce, entre otras sustancias, compuestos opioides, los mismos que la medicina lleva siglos extrayendo de la amapola para calmar el dolor humano. La morfina no es un invento del laboratorio, es una solución que una planta desarrolló para gestionar el daño. Que luego nosotros la hayamos apropiado para nuestras operaciones de cadera es casi un detalle secundario.
¿Significa eso que la zanahoria
sufre? No lo sabemos, pero es que esa es exactamente la cuestión: tampoco lo
sabe nadie con certeza. Lo que sí sabemos es que la línea que hemos trazado
entre lo que siente y lo que no siente es una línea dibujada con mucha
conveniencia y poca evidencia. La hemos puesto justo donde necesitábamos
ponerla para seguir comiendo tranquilos, ya sea carne o ensalada.
La pregunta filosófica de fondo
no es si las plantas sufren igual que un cerdo o que un humano. Es por qué
asumimos tan alegremente que no sufren en absoluto. Y la respuesta, si somos
honestos, tiene menos que ver con la ciencia que con el hecho de que nos
resulta muy incómodo lo contrario.
Resulta tranquilizador que la
zanahoria no grite.
No escribo esto para que salgas a
pedirle perdón a tu ficus. Ni para que la próxima vez que pises una margarita
sientas que has cometido un crimen. Escribo esto porque hay algo genuinamente
perturbador en descubrir que una categoría entera de seres vivos ha vivido en
tu punto ciego durante toda tu vida, y que ese punto ciego no era accidental:
era cómodo.
Calvo y Mancuso no dan respuestas
definitivas. Ninguno de los dos llega al final de su libro con una teoría
cerrada y un lazo encima. Lo que hacen, y me parece más valioso, es desplazar
la pregunta. No ¿son inteligentes las plantas? sino ¿qué estamos
dando por sentado cuando decidimos que no lo son? No ¿sienten? sino ¿por
qué nos cuesta tanto tomarnos en serio la posibilidad?
Esa incomodidad es el libro, y
también es, si me apuras, su mejor argumento. El mundo vegetal lleva aquí
cuatrocientos millones de años antes que nosotros. Ha sobrevivido extinciones
masivas, glaciaciones, la llegada del ser humano y su consiguiente decoración
de interiores. Lo ha hecho sin cerebro, sin mandíbulas, sin Instagram. Quizás
no necesite nuestra validación para ser lo que es. Pero a nosotros, leerlo,
entenderlo un poco mejor, nos hace algo. Nos achica, en el buen sentido. Nos
recuerda que el mundo es más raro y vasto de lo que cabe en un salón aesthetic.
La camelia, mientras tanto, sigue
mirando.


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