Título: Comerás flores- Autor: Lucía Solla Sobral
- Editorial: Libros del asteroide
- Número de páginas: 248
- Goodreads ⭐⭐⭐⭐
Deslumbrada por la sofisticada vida adulta y el encanto de Jaime, quien también se gana a su familia, Marina se ve sumergida por completo en su mundo, comenzando a olvidar lo que la definía.
No son pocas las personas que me han recomendado este libro y, ahora que lo he terminado, entiendo completamente el motivo. De primeras, el inicio no me terminaba de encajar del todo. Me daba bastante pereza el tema principal y no me apetecía demasiado leer un libro sobre duelo. Demasiado triste para la tarde de domingo que me duró esta novela. No obstante, terminó siendo un descubrimiento que me dejó completamente derrumbada y reflexionando sobre tantas situaciones que la autora expone en su historia que no puedo dejar de recomendar a todo el mundo que se permita adentrarse entre sus páginas.
Como bien dice la propia sinopsis, en Comerás flores conoceremos la historia de Marina, una chica de veinticuatro años a la que la vida le ha arrebatado a su padre. Marina se da cuenta de que, a pesar del tremendo dolor que se le ha instalado en el pecho, la vida sigue. Una vida que su padre no verá nunca, porque él nunca conocerá su piso nuevo, ni su nuevo trabajo, ni la acompañará al altar, ni tantas otras cosas en las que Marina siempre pensó que su padre estaría presente. Como tantos otros, ella daba la vida por dada y se imaginaba que sería muy mayor cuando finalmente tuviese que despedirse de él.
Esta primera parte es muy dura. Marina tiene apenas cuatro años menos que yo y no concibo cómo sería mi vida sin mi padre, cómo enfrentarme al mundo con su ausencia. El duelo es una cuestión muy compleja y, aunque cada persona lo gestiona de una manera distinta, también debemos hacer hueco para aquellas personas que, por los motivos que sean, no son capaces de hacerle frente y, por tanto, cubren, tapan o ignoran el dolor. No siempre uno está preparado para ello y, desde ese pozo doloroso, no siempre tomamos las mejores decisiones. Esto es lo que le sucede a Marina que, en un intento de seguir adelante, se deja a sí misma en el proceso.
Apenas seis meses después del fallecimiento de su padre, conoce a un hombre de cuarenta y cinco años que parece igual de deslumbrado por ella que ella por él. Y es que Marina nunca había conocido a una persona tan interesante. Sus gustos lujosos, su interés por la música, la filosofía y las artes, junto con sus palabras pegajosas y sus halagos, consiguen deslumbrar a una Marina necesitada de afecto y cariño. Como lectora, esta novela se me hizo dura en ciertos aspectos. No por la prosa, sino por ver a la protagonista en situaciones que muchas hemos reconocido como propias o cercanas. Los de mi edad son unos niñatos. Qué joven e inteligente eres. No eres como las demás. Eres tan distinta. Es imposible no contener una arcada frente a estas situaciones porque, como observadores ajenos, somos capaces de ver la manipulación y las artimañas que se esconden detrás de esas frases. Mientras tanto, dan ganas de gritar a las páginas para que huya de allí, aunque nuestra protagonista, como tantas otras en la vida real, va cayendo en un pozo del que no siempre se sabe salir.
He sentido muy dentro de mí todas las situaciones terribles que vive Marina con Jaime. Cómo él busca agradar a todo su entorno, a pesar de que en el proceso se olvide de ella. Esa imagen prefabricada de novio perfecto y atento que, posteriormente, será necesaria para que la propia Marina dude de sus sentimientos y de su percepción de la realidad. Los enfados sin explicación, la ley del hielo, la ira oculta bajo regalos y palabras bonitas, los “mira cómo haces que me ponga” y la culpa silenciosa que va comiéndose poco a poco a nuestra protagonista.
Una niña, porque frente a sus cuarenta y cinco tener veinticuatro es ser casi una niña, que trata de parecer una adulta. Que compite con mujeres en sus cincuenta por ser más bonita, más seria y más distinguida. Que llega a querer cambiar todo de sí misma para agradar, para estar a la altura, para no ser abandonada. En ese proceso de adaptación constante, la identidad se va diluyendo poco a poco hasta que una apenas reconoce quién era antes de empezar a amar de esa manera.
No creo que se pueda leer este libro sin derramar lágrimas, sin enfadarse y sin sentir que, al final, Marina no es solo la protagonista. Es una hermana, una amiga, una vecina. Desde luego, no es una lectura agradable, pero es rápida y va directamente al corazón mostrándonos cómo cualquiera puede terminar en una relación tan terrible que, desde fuera, parece perfecta. También nos recuerda hasta qué punto el ser vulnerables, la necesidad de amor y el deseo de sentirse querida, validada y aceptada pueden convertirse en una grieta por la que se cuela la manipulación.
Lucía Solla pone en palabras una experiencia que, por desgracia, es universal para muchas adolescentes y mujeres jóvenes. Y lo hace con una historia que duele, pero que precisamente por eso merece ser leída.

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