28/1/26

Reseña | Se acabó el recreo


  • Título:
      Se acabó el recreo
  • Autor: Dario Ferrario
  • Editorial: Libros del Asteroide
  • Número de páginas: 400
  • Goodreads 
Marcello es un treintañero con vocación de eterno adolescente. Sin un objetivo concreto en la vida, su única certeza es que no quiere acabar al frente del bar familiar. Por puro espíritu de contradicción, solicita una generosa beca para un doctorado en literatura e, inesperadamente, se la conceden. Su tutor, el venerado Sacrosanti, «el Mourinho de la literatura italiana», le encarga que investigue sobre un tal Tito Sella, un joven escritor-terrorista prácticamente desconocido que murió en la cárcel. Mientras el análisis de la vida y la obra de Sella le lleva por lugares insospechados, Marcello deberá aprender a nadar en las procelosas aguas del mundo académico, esquivando intrigas palaciegas y luchas de poder, para intentar convertirse en un estudioso respetable.

Hacía tiempo que veía esta novela recomendada y tenía muchas ganas de ponerme con ella. Se trata de una de las novelas italianas más relevantes de la última década, un auténtico espejo generacional para quienes temen enfrentarse a la edad adulta y asumir la pérdida definitiva de la juventud. Si no fuera por un tramo profundamente aburrido, me atrevería a decir que es una de las mejores novelas de no ficción que he leído en mucho tiempo, sobre todo por una reflexión final que me parece casi imprescindible en los tiempos que corren.

A lo largo de sus cerca de cuatrocientas páginas acompañamos a Marcello, un treintañero normal y corriente que, tras terminar sus estudios en lingüística italiana, no tiene la menor idea de qué hacer con el resto de su vida. Se siente demasiado joven para lo que se supone que debería corresponderle por edad: sentar la cabeza, independizarse, casarse o formar una familia y, al mismo tiempo, carece de cualquier tipo de ambición profesional, fruto de una trayectoria mediocre con resultados igualmente mediocres. Nunca fue el peor de su clase, pero tampoco el mejor. Quizá por eso un doctorado jamás entró en sus planes, ni siquiera como posibilidad lejana. Sin embargo, tras una conversación especialmente dura con su padre, con quien mantiene una relación rota y que insiste en que se haga cargo del bar familiar,  Marcello acaba presentándose a una de las cuatro becas de doctorado que ofrece el departamento de lingüística italiana de la Universidad de Pisa.

De entrada, la historia puede parecer sencilla, plana e incluso predecible. Pero es precisamente ahí donde reside su interés. No estamos ante el relato del hijo de un gran académico ni ante una historia de superación personal. Es, sencillamente, la acumulación de decisiones erróneas que toma una persona corriente que se resiste a aceptar que su juventud tiene fecha de caducidad.

Uno de los aspectos que más he disfrutado de la novela es su retrato del mundo académico, con todas sus complejidades, dinámicas internas y pequeñas miserias, al mismo tiempo que pone el foco en uno de los rasgos más definitorios de nuestra generación: esa adolescencia prolongada hasta bien entrados los treinta. La incapacidad de pensar a largo plazo, el vivir constantemente en el presente, el consumo de experiencias como forma de evasión y la despreocupación por las consecuencias hasta que ya es demasiado tarde.

Por el contrario, toda la parte en la que la narración abandona a Marcello para centrarse en Tito Sella, su alter ego y objeto de estudio de la tesis, me ha resultado tremendamente tediosa. Personalmente, me sacó por completo de la historia y no pude evitar desear que terminase cuanto antes para volver a Pisa y a la vida universitaria de Marcello. La subtrama que se construye entre Tito Sella y el director de la tesis es, en sí misma, interesante, pero el exceso de información la vuelve innecesariamente pesada. El lector podría quedar perfectamente impactado ignorando muchos de los episodios que se nos narran y la novela habría ganado en ritmo y cohesión, aunque, eso sí, probablemente se habría quedado en algo más de la mitad de su extensión.

En conjunto, se trata de una novela irregular pero valiente, que acierta de lleno cuando pone el foco en la deriva vital de una generación que ha aprendido a aplazarlo todo, incluso a sí misma. Pese a sus tramos fallidos y a una estructura que a veces juega en su contra, la obra consigue algo nada desdeñable: incomodar al lector, obligarle a mirarse en el espejo y preguntarse hasta qué punto también él ha ido dejando pasar el tiempo mientras fingía que aún no era el momento de decidir.

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