Leer Piranesi, de Susanna Clarke, es, sin duda, toda una experiencia, pero releerlo me ha permitido percibir muchos detalles que, en la primera lectura, se me quedaron en el tintero. De hecho, tengo la sensación de que cada nueva lectura me confirmará que estamos ante una auténtica joya de la literatura. Además, como profe de Filosofía que soy, no he podido evitar reparar en cuánto hay de común entre la alegoría de la caverna platónica y la Casa de Piranesi.
Tras el éxito de Jonathan Strange y el Sr. Norrell en 2004, la llegada de Piranesi a las librerías, dieciséis años después, se vivió con muchísimo entusiasmo, y no es para menos. Esta novela, de apenas trescientas páginas, aborda cuestiones filosóficas que atraviesan nuestra literatura desde La República de Platón, pero lo hace desde nuestro propio contexto histórico-social y desde nuestra particular forma de percibir la realidad y de relacionarnos con ella.
Para quienes desconozcan por completo la obra de Susanna Clarke, diré que Piranesi nos permite seguir, a través de entradas de diario, los pasos de Piranesi, un hombre de unos treinta y cinco años que vive en un lugar inmenso que él mismo llama la Casa. Esta no es más que una infinidad de salas pobladas de estatuas, con un océano cuyas mareas inundan los niveles inferiores y nubes que recorren los superiores. La Casa es todo su Mundo, y él se sabe su Hijo amado, porque le proporciona cuanto necesita para sobrevivir y a su juicio es, en sí misma, toda Belleza. También conoceremos al Otro, el único ser humano que, en apariencia, habita la Casa junto a Piranesi y que busca en ella un antiguo conocimiento perdido. Hasta ahí siento que puedo contar, porque adentrarse en esta novela supone un descubrimiento constante de la mano de su protagonista, y no quiero destrozarlo en las primeras líneas de este (espero que breve) artículo.
Dos pistas antes de empezar.
La propuesta de Clarke abarca mucho más que un mero libro de fantasía, como habitualmente se ha catalogado. Es cierto que, como ya sucedía en Jonathan Strange y el Sr. Norrell, la magia forma parte de la obra (aunque no debemos esperar un sistema de magia muy depurado, en esta obra la magia es magia y ya está), pero Piranesi va mucho más allá de su propia historia y continuamente nos deja puertas entreabiertas para pensar y repensar algunas cuestiones clave. Y la autora nos da dos pistas antes incluso de empezar.
La primera es la cita con la que se abre la novela:
«Yo soy el gran erudito, el mago, el experto, que está llevando a cabo el experimento. Por supuesto, necesito sujetos con los que experimentar.» —C. S. Lewis, El sobrino del mago
”Aquel lector que haya terminado la obra verá claramente cómo resuena esta cita en la historia que nos presenta la novela, pero tampoco es casual que proceda de C. S. Lewis, pues la propia autora ha reconocido la estrecha relación entre Piranesi y Las crónicas de Narnia, y en concreto con Charn, el mundo muerto de salas vacías y estatuas que visitan los niños de El sobrino del mago. Eso sí, con una diferencia de perspectiva que ella misma resume diciendo que a ella Charn siempre le gustó más que al propio Lewis, pues donde él veía un palacio frío y muerto, Clarke encontraba un lugar silencioso que la calmaba. Aunque, es cierto que Narnia hace mayor gala de un cristianismo de fondo que no se adivina con tanta facilidad en Piranesi, muchas de sus bases son las mismas, aunque planteadas desde otro prisma o, en algunos casos, dándoles la vuelta.
La segunda pista es el propio título. El nombre nos remite a Giovanni Battista Piranesi, grabador italiano del siglo XVIII y autor de las Carceri d'invenzione, una serie de prisiones imaginarias, laberínticas y de dimensiones casi imposibles cuya huella llega hasta M. C. Escher. Por lo que, ya desde la portada, Clarke nos está hablando de arquitectura, de encierro y de arte que representa espacios que no existen. Esto último no es un detalle menor, como veremos enseguida.
A partir de aquí, spoilers.
Más que reseñar lo que me ha gustado de la novela, quiero dedicar este breve artículo a ahondar en algunos de los temas que aborda y que me parece imprescindible resaltar. Se han hecho muchos estudios académicos sobre la obra, y he dedicado bastante tiempo a esta investigación, pero apenas he encontrado información en castellano. Al final tenéis una breve enumeración de la bibliografía que he empleado para la escritura de este artículo.
Por tanto, si no habéis leído Piranesi, os recomiendo que no continuéis, porque voy a abordar cuestiones que podrían estropear por completo la experiencia de lectura. Dicho esto, vamos al meollo de la cuestión.
Platón: la caverna y las tres camas.
Recordemos brevemente a cierto filósofo griego que en La República, distingue el mundo sensible, en el que solo hay copias imperfectas, del mundo inteligible o mundo de las Ideas, que es el verdaderamente real. La alegoría de la caverna lo ilustra a través de unos prisioneros que toman por realidad las sombras proyectadas en la pared y, cuando salen al exterior, quedan deslumbrados por la luz del sol descubriendo que la realidad había estado detrás de ellos todo el tiempo.
Pero hay otro pasaje, en el libro X de La República, que resulta clave para leer Piranesi: el de las tres camas. Está la Idea de cama; está la cama que fabrica el carpintero copiando esa Idea; y está la cama que pinta el pintor copiando la del carpintero. El arte queda así a dos pasos de la verdad, como copia de una copia. Conviene no olvidar este esquema, porque la Casa, con sus miles de estatuas, es precisamente un mundo hecho de arte.
Narnia: una cebolla de mundos.
Lewis no esconde su platonismo pues, para Lewis, Narnia representa un mundo más verdadero que la Inglaterra de los Pevensie, aunque no tan verdadero como el país de Aslan. El señor Tumnus se lo explica a Lucy con la imagen de una cebolla. Así los mundos son como sus capas solo que cada cada una de ellas, a medida que vas entrando, es más grande y más real que la anterior. Y ojo, porque en ese mismo libro aparece también una Inglaterra verdadera dentro de la propia Inglaterra. Esto no se refiere tanto que Inglaterra sea la sombra de Narnia, como a que ambas son sombras de algo superior que es el país de Aslan, trasunto de un cielo cristiano que ocupa el lugar del mundo de las Ideas platónico.
En Narnia hay, por tanto, una jerarquía clara con una cima garantizada. Y el arte no forma un mundo propio, sino que funciona más bien como puerta. Pensemos, por ejemplo, en el cuadro del Viajero del Alba, por el que los niños caen directamente al mar de Narnia.
La Casa: una caverna al revés.
Aquí es donde Piranesi se separa de Lewis. La Casa no se plantea como un mundo más perfecto. De hecho, Piranesi ejemplifica una caverna platónica justamente al revés porque entiende que las estatuas, al ser perfectas e inmutables, son más reales que los propios ríos o montañas que representan. De hecho, cuando Raphael le sugiere a Piranesi que en la Casa solo puede ver la representación de un río o de una montaña, mientras que en el otro mundo vería los de verdad, Piranesi se ofende. Ese "solo" le parece injusto, porque la estatua no se corrompe ni muere.
Lo curioso es que su argumento es completamente platónico (lo perfecto y eterno es lo más real), pero lo aplica justo a aquello que Platón despreciaba: la copia artística. En el esquema de las tres camas, la Casa ocuparía el escalón más bajo. Para Piranesi, en cambio, es el más alto. Es más, Piranesi sabe que la Casa es un reflejo de nuestro mundo (el Profeta llega a bromear con que quizá, a estas alturas, haya una sala con estatuas de ordenadores), pero no por ello la considera inferior. Casi al principio de la novela decide incluso dejar de buscar el conocimiento que tanto obsesiona al Otro, porque cree que la Casa en sí misma es suficiente:
«(...) la Casa es valiosa porque es la Casa; es suficiente en Sí, de por Sí. No es el medio para un fin.» (Susanna Clarke, Piranesi, p. 72)
”Si seguimos, además, la propia argumentación del Profeta, según la cual el Conocimiento habría fluido desde el Otro Mundo hacia la Casa, la Casa estaría más cerca de ese Conocimiento (que equivaldría a las Ideas y a la verdad platónicas) que el propio mundo del que surge. Así, la Casa parece más real que el mundo que la originó. Y, a diferencia de Narnia, aquí no hay cebolla ni cima garantizada, pues incluso el Profeta asegura que ese Conocimiento ya no está, y a Piranesi deja sencillamente de importarle si existe o no.
Hay todavía otra inversión más. Y es que los prisioneros de Platón ignoraban un mundo mejor mientras que Piranesi ignora un mundo peor: el nuestro. Ese mundo en el que lo secuestraron y en el que hay quien mata por poder. Por eso, cuando recupera la memoria, salir de la caverna no es un deslumbramiento luminoso, sino un golpe directo.
Salir de la Casa sin dejarla atrás.
No obstante, Clarke tampoco convierte la Casa en un paraíso. De hecho, Piranesi acaba descubriendo que allí también ha habido crímenes, y que los huesos que él cuida con tanto cariño (a los que lleva comida, flores y hasta les cuenta cómo van las cosas por la Casa) tienen detrás una historia terrible. Entonces, si la Casa no es perfecta, ¿de dónde sale esa devoción de Piranesi por ella?
Buscando respuesta a esta pregunta me encontré con el artículo de Chiara Locatelli (2025), que lee la novela desde la memoria y el trauma, y que me ha hecho verla con otros ojos. Según ella, el olvido de Piranesi funciona como una forma de protección. Matthew Rose Sorensen, encerrado y a merced del Otro, no podía soportar lo que le estaba pasando, así que de algún modo se "quedó dormido" y dejó su lugar a Piranesi. Algo que, por otro lado, sucede de forma bastante similar en algunos casos de personalidades múltiples, por ejemplo, en el caso de Billy Milligan.
La Casa, por tanto, le calma, pero no le cura, y por eso hace falta que llegue Raphael desde fuera para que Piranesi pueda enfrentarse a lo que ocurrió sin volver a perderse por el camino. Aquí los diarios tienen muchísima importancia. Piranesi escribe para ordenar su mundo, pero son esos mismos diarios los que guardan, las páginas que Sorensen no quería recordar. De este modo, al ir recomponiendo los cuadernos, Piranesi se va recomponiendo también a sí mismo. Eso sí, Sorensen no vuelve tal y como era antes de ser Piranesi. Del midmo modo que el narrador del final ya no es del todo Piranesi, pero tampoco Sorensen, sino alguien que carga con la memoria de los dos.
A mi parecer, lo que nos encontramos al final son dos mundos que conviven y se contaminan el uno al otro, más que una jerarquía al estilo platónico. El narrador vive ya en nuestro mundo, pero sigue volviendo a la Casa con la imaginación, recorriéndola sala por sala y cuando no entiende a alguien o algo de lo que le pasa, sigue buscando la estatua que se lo explique.
Si Platón veía en el arte una copia de una copia, y Lewis una puerta hacia un mundo mejor, Clarke parece decirnos que el arte también sirve para mirar este mundo y para aguantar en él cuando duele. No me parece casual que la novela termine con la misma frase con la que empieza, esa que celebra la Belleza y la Bondad infinita de la Casa, aunque Piranesi ya no viva en ella.
Referencias:
Dugger, J. M. (2021). Lewis and Clarke in the caves: Art and Platonic worlds in Piranesi. Mythlore: A Journal of J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Charles Williams, and Mythopoeic Literature, 40(1), 63–83. https://dc.swosu.edu/mythlore/vol40/iss1/5
García, A. (2021, 4 de febrero). Piranesi, de Susanna Clarke. C. https://www.ccyberdark.net/7246/piranesi-de-susanna-clarke/
Locatelli, C. (2025). Labyrinths of memory in Susanna Clarke's Piranesi. InScriptum: A Journal of Language and Literary Studies, (6), 115–140. https://doi.org/10.25951/14189116

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